ZAPATEANDO COMO BOSNIO EN VIENA

Vamos a hablar de Viena aunque las fotos no tengan nada que ver con la Catedral de Stephansdom, el palacio de Belvedere, el río Danubio, ni del palacio de Hofburg. Lo hermoso de esta forma de viajar es que te encuentras con lo inesperado. Si tendríamos que describir la primera sensación de Viena con una foto, viene esto:

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La capital austríaca, se caracteriza por ser cosmopolita. Casi todas las nacionalidades se encuentran entre sus calles. Lo hermoso de Viena, además de la arquitectura, es su riqueza cultural que justamente nace de la variedad de idiomas, costumbres, sabores,  colores.

Llegamos a casa de nuestra anfitriona couchsurfing  Fanni, de Irlanda. Gran amante del baile, nos invitó a un taller comunitario de danza. Ese sábado la consigna era aprender baile bosnio. ¡Baile bosnio!

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Más de 20 personas, comenzamos tímidas a mover los pies, las manos, a aflojar las caderas, al ritmo de nuestro profesor. Era increíble lo fácil que se veía el baile, y lo imposible de imitarlo al mismo tiempo. El hombre se deslizaba por la sala con una sutileza que contrastaba con los torpes movimientos de todos nosotros.

Pero el baile es parte de la naturaleza sanadora del ser humano, y fue cuestión de entrar en calor, para llenar la sala de sonrisas, saltos, gritos, más saltos. Al final creo que nadie aprendió a bailar bosnio pero todo los disfrutamos hasta salir sudaditos.

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En el entretiempo  Remy se encontró con otro francés y una chica bosnia que vivió en Francia. Gaby reía con una mexicana y dos mujeres que habían vivido en Quito.  Nadie entendía cómo había llegado ahí, pero simplemente pasó. Una fusión de personas que nacieron miles de kilómetros de distancia, en tiempos diferentes, con idiomas diferentes, y que sin conocerse intentaban bailar sincronizados una música que nunca antes habían escuchado. Eso es lo hermoso del viaje.

Eso es Viena!

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Al final un hombre nos hizo una extraña petición. Que dibujemos una palmera en su cuaderno.

A primera vista no tenía sentido hacer el dibujo. Pero, no era un loco, es un coleccionista. Tiene más de 10 mil dibujos de palmeras de gente que de todo el mundo. Ama las palmeras, es un palmerólogo. Nunca ha visto una en vivo y en directo.

Eso es Viena!

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El día ya se había presentado extraordinario. Pero las sorpresas no acababan. A las 10 de la noche, cruzamos la ciudad en bicicleta (a 5 grados de temperatura) junto a Seb, un argentino “re buena onda” y Fanni.

Literalmente debajo de un puente, en un pequeño bar  serbio, un grupo de chilenos tocaban música latinoamericana, haciendo tararear a los presentes  ¨uste no es naaa, no es chicha ni limonaa¨, aunque la mayoría no entendía  un carajo  la letra. En nuestra mesa había una bielorrusa, una irlandesa, un argentino, una chilena, una ecuatoriana, un francés.  El inglés se mezclaba con el alemán y el español y el francés. A ese ritmo las horas pasaron volando y cuando vimos el reloj ya eran más de las cuatro de la mañana.

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Realmente fue una noche de locos. Una fiesta hermosa. Estos son los momentos inexplicables que nos motivan a no querer dejar de viajar jamás.

El frío nos golpea la cara, pero no nos quita la sonrisa. Las cadenas de la bici son la música de fondo de ese recorrido silencioso por las calles de Viena. Cada uno reflexiona, en movimiento, sobre la noche. Es la primera vez que andamos en la madrugada en bici. Fue un cierre digno de un día como este, donde de Viena conocimos un poquito de Bosnia, Irlanda, Chile, Serbia, Argentina, Bielorusia y palmeras.

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