CUANDO LA INDIFERENCIA MATA

¨Si existe dios, deberá pedirme perdón¨

Frase grafiteada en uno de los muros del campo de exterminio de Mauthausen

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Esta es una visita obligatoria para quienes pasan por Austria. El campo de exterminio de Mauthausen está  en el norte del país casi en la frontera con Alemania. Fue uno de los dos únicos campos considerados ¨grado III¨, es decir, de los más crueles. Fue el último en ser liberado, el 5 de mayo de 1945. No hay cifras exactas, pero al parecer más de 200 mil personas padecieron entre estas paredes por el simple hecho de ser y pensar diferente.

Apenas entramos  pudimos sentir el frío de la injusticia. Entre los muros está vivo, aún, el dolor y el sufrimiento.

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Es importante mirar primero el video que lo pasan gratis en inglés, francés, alemán o italiano. Es bueno, porque  nos ubica en la época y en los inicios de su construcción. En principio, a los moradores se les vendió la idea de que iban a construir una gran fábrica que daría trabajo a todos. No dejaba de ser una buena noticia.

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En 1938 comenzaron a construir una especie de gran casa, muchos vecinos fueron contratados. Ya para 1939 llegaron los primeros prisioneros, quienes eran explotados, obligándolos  a extraer el granito de la mina junto al campo, para levantar las paredes de lo que luego sería un infame monumento a la extrema maldad humana.

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La cantera se conectaba con el campo a través de la ¨escalera de la muerte”. Por aquí los prisioneros subían con varios kilos de piedra en la espalda (sin haber comido por días) hasta llegar al campo o hasta caer al vacío por el cansancio del cuerpo. Muertos de hambre, de sed, golpeados y humillados llegaban a la cima. Su sufrimiento no paraba ahí. Los nazis, a los más débiles, los empujaban, dándoles el horrible nombre de  « paracaidistas ».

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Estos eran los pequeños cuartos de los presos con capacidad para 300 personas. A mediados de 1942 metían más de 2 mil presos en cada uno. Hacinados, muchos morían de graves enfermedades, y los que seguían en pie tenían que sufrir las peores humillaciones, tortura y la desesperación de no saber cuándo y cómo volverían a ser libres, a veces, a través de la muerte.

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Hay un museo conmemorativo donde se explica los modos de exterminio, las formas inhumanas de trato, las condiciones de los prisioneros. Acá llegaron muchos españoles considerados peligrosos por ser rebeldes que luchaban contra el franquismo. También franceses que luchaban contra la ocupación Nazi.

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Los hornos de cremación estremecen. Las cámaras de gas están ahí, a pesar de que los nazis negaron  que hubiese todo este holocausto. Los miles de nombres están escritos en un cuarto subterráneo donde los prisioneros esperaban su turno para la ducha mortal. Los cuerpos cremados día y noche en esos poderosos hornos emanaban un olor particular que envolvía a todas las poblaciones cercanas. Y por años nadie hizo nada ¿Cómo pudo suceder eso? ¿Cómo la crueldad humana puede llegar tan lejos? Está pregunta te ronda de principio a fin de la visita. Y no deja de retumbar en la cabeza.

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Los vecinos se quejaban del olor, los hoteles querían enjuiciar al campo porque afectaba su negocio. Es difícil creer eso de que nadie sabía qué pasaba tras esos grandes muros. No puede ser que seamos tan egoístas y que vivamos tan en nuestro mundo. Que nos conformemos así de fácil. Y que si  nuestras plantas florecen, nuestras mascotas estén gordas, nuestros autos funcionen y nuestras cuentas de banco estén en orden, nos olvidemos de lo que pasa en el planeta, y hasta seamos indiferentes con lo que ocurre a pocos kilómetros de nuestro ¨hogar, dulce hogar¨.

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Al final nos preguntamos si esto puede volver a suceder. Todos responden con un inmediato ¡no, no es posible! Pero la indiferencia no ha cambiado.

En Mauthausen  500 prisioneros escaparon la madrugada del 3 de febrero de 1945. Yendo contra todos sus miedos, se organizaron y huyeron. Muchos llegaron a casa de los vecinos a pedir auxilio, pues apenas los nazis se dieron cuenta salieron a buscarlos. Ese día comenzó lo que lamentablemente se conoce como la “cacería de los conejos”: Soldados nazis y muchos vecinos salieron a la caza de los fugitivos. Solo 20 se salvaron.

Luego, muchos dijeron  que no sabían nada de lo que en realidad pasaba en la cima del vecindario, aunque varias veces vieron por sus calles, cruzando a pie y en largas filas, hombres desesperados entre rayas blancas y negras.

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La indiferencia, efectivamente, mata. Salgamos de nuestro metro cuadrado y miremos alrededor. No seamos entes pasivos.  Cuestionemos, siempre cuestionemos. Es la única forma de que un genocidio así no vuelva a ocurrir. De hecho, ¿Estás seguro que en este preciso momento no hay alguna injusticia terrible por la cual se debe, de alguna forma, luchar?

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